
Saudos contrarevolucionarios,
Nace con esta entrada el segundo episodio que desde esta, nuestra ferrea trinchera, sólida y dignamente intempestiva, no pretende sino ser, un espacio de humilde, sano y sincero tributo a quien por su gesta y conducta ha conquistado un justo lugar, en el olimpo de la Historia, y del que su impronta no se pronunciará, sin la inevitable coronación de laureles en cada una de sus letras. Sucede, y con tragicómica asiduidad en lo cierto, que búscase lejos, en el tiempo y en el espacio, figuras legendarias, quedándo así un tanto cerrado, por omisión o ignorancia, el margen de la-nuestra- Mitología. Mitología que si bien debemos cuidarnos de no caer en adorar, por lo mismo nos corresponde la tarea de conservarla como referencia, patrimonio y tesoro de inmenso valor. A tales efectos, recordaré oportunamente en palabras de Machado, que sólo el necio confunde valor con precio, y ahí radica la clave de lo que con la boca limpia puede considerarse valioso. Hecho este conveniente matiz, acaso por igual declaración de intenciones que despeje cualquier duda, corresponde ya acercarnos a conocer quien fue el prohombre que nos ocupa hoy, hablamos de don Blas de Lezo y Olovarrieta.
Viajamos al Siglo XVIII, tremendo periodo de convulsiones y trifulcas bélicas, en el seno de una España de pleno inserta en tal contexto, nace Blas de Lezo un 3 de febrero de 1689 en Pasajes, pueblo ubicado en la patria vasca y cuyo camino en esta vida, había de ofrecer no poca gloria al Imperio, a esa España en pie de guerra, orgullosa y esbelta. En 1701, nuestro hombre se alista en la guardia marina francesa, participando 3 años más tarde en la Guerra de Sucesión; fue en esta guerra, cuando batallando frente a Velez (Málaga) un impacto de cañón le amputa la pierna.
Tenía por esos dias, la edad de 15 años, y la amputación se le practicó sin anestesia, ocurriendo además, que no profirió lamento alguno, siendo tal el coraje demostrado, con tan heroica conducta, que la "anecdota" no pasó en absoluto desapercibida, es ascendido a alférez. Obstinado de carácter, de voluntad de acero, volvió a las andadas tan presto como se lo permitió su recuperación. Más tarde, en la defensa de Tolon, un proyectil le arrebataba, dejándole tuerto, el ojo izquierdo. Será en 1714, cuando en el segundo asedio a Barcelona perderá su brazo derecho.
Ello, de ninguna manera fue cosa que derrumbara su carrera. Por aquel entonces, respetadísimo entre sus hombres, le conocían por apodos tales como "patapalo", e incluso "mediohombre", comprensiblemente de poco agrado para el apodado huelga decir.
Será en 1723 cuando se le encomendará una en nada nimia tarea, la de limpiar el Pacífico de piratas y corsarios, menester que cumplirá por cierto, con nítida y extrema eficacia. Tanto es así, que con sus buques de guerra, provocan la huida de toda orda de piratas de aquellos dias.
En 1725, Blas de Lezo se casa. Es de justicia aun en una vida de belicismo y lucha, haber lugar para amar y ser amado, ¿no os parece? 5 años más tarde, ya en 1730, se le confía una nueva tarea: Debía ir a Génova, y recuperar la cantidad de 2 millones, tesoro confiscado aquellos dias por dicha ciudad. Ya como general, Blas de Lezo, increpa sin diplomacia alguna a los genoveses para recibir lo que ha ido a buscar, que le es entregado sin más problemas. Bajo amenaza de cañoneo, la ciudad accede pues, pero no contento con ello, el por aquel tiempo jefe de la escuadra naval del Mediterráneo Blas de Lezo arengoles sin réplicas a honrar y homenajear a la bandera española, cosa que así hicieron. Con lo propio, el honor salvaguardado e invicto, regresa a España. En 1732, en una expedición con misión de reconquistar el norte de África, toma Orán rindiendo la ciudad, y ahuyentando al pirata argelino, quien la sitiaba. No obstante, insatisfecho con esto, persiguió su nave capitana que refugióse en la bahía de Mostagán, y en una muy peligrosa incursión en la misma, a sangre y fuego logra hundir la nave capitana pirata. Deparaba más pruebas el destino a este prohombre de los mares.Estaba por acontecer el episodio trascendental en mayúsculas, que definitivamente-si no era suficiente- imprimiría su sello en la eternidad. Nos situamos ya, en el año 1739, para ver a este heroe español zarpar como Comandante General a Cartagena de Indias con orden de defenderla, pues no en vano, tratábase de una crucial posición de tráfico y comercio. En 1739, con el pretexto de una afrenta*, a fe que muy cierta cabe decir, los británicos declaran la guerra a España. Es el año 1741 cuando se planta la poderosa armada británica, con una disposición de 186 navíos, 10.000 tropas de asalto, 12.600 marinos, y 1.000 macheteros jamaicanos con más de 2.600 piezas artilleras, toda una imponente maquina de guerra, frente a la cuál, la fortaleza española estaba determinada a combatir y defenderse con 6 buques, 2.300 soldados regulares españoles y 600 arqueros indios.
Sobra todo comentario que enaltezca el enorme valor y la fogosa gallardía precisa para plantarse sin considerar paso atrás alguno. Blas de Lezo ordena hundir los 6 navíos españoles, mientras que se inicia el cañoneo infatigable por parte de los ingleses, sometiendo a severo castigo 67 dias a Cartagena de Indias. Pasados estos, desembarcan más de 10.000 hombres, ocurriendo un baño de sangre más que importante, sin menoscabo mencionable de la resistencia española. El almirante Vernont, al frente del ataque inglés, hubo finalmente de ordenar la retirada, en lo que fue una derrota en toda regla, una humillación a la armada británica, lección además, del valor de unos hombres, y de fuerza y determinación del que hoy es motivo de estas lineas. No sería de recibo ahora, dejar de apuntar un par de cosas más: Durante la guerra, dábanla los ingleses tanto por victoria suya, que hasta orquestraron festines, conmemoraciones, edición de medallas y monedas para la ocasión, para chanza y enorme burla de los españoles más tarde, en conocer lo ocurrido, legítimamente orgullosos de la gesta. Lo segundo, y es menos anecdótico y más vergonzoso, fue que Jorge II ordenó no escribir ni una página de lo sucedido a sus historiadores.
En cuanto a la suerte de Blas de Lezo, malherido por las crudas batallas de este episodio en Cartagenas, muere 5 meses más tarde. Gracias al empeño y a la heroica resistencia de estos hombres, con su Comandante General al frente, España pudo asegurarse 60 años más de comercio en la zona. Este fue Blas de Lezo, una vida cuyas gestas forjaron la historia de guerrero, la crónica de un aventurero, cuyas venas rególa la épica más pura. Un hombre de verdad, un tipo duro, al pie del cañón, el heroismo encarnado. La historia de un hombre que merece ser contada.....y recordada ¡presente!
*Nota: En 1739, un corsario llamado Robert Jenkins es interceptado por un guardacostas español, el Capitán Juán de Leon permitióle marchar con vida, aunque amputándole la oreja pronunciando los siguiente:"ve a tu país y dile a tu rey que como ose acercarse a estas latitudes, haré lo mismo con él". En el parlamento británico esto se interpretó como una afrenta intolerable.