Mostrando entradas con la etiqueta Estética. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Estética. Mostrar todas las entradas

domingo, 28 de diciembre de 2008

Felíz Navidad desde el cono sur

Estimados camaradas,
esta entrada simplemente pretende hacerles llegar mis recuerdos desde allende los mares en estos días tan entrañables de turrón, opíparas comidas, solemnes misas y desparrame existencial. Aprovecho la ocasión para felicitarles las fiestas y una muy buena entrada en el próximo 2009, el cual espero sea grande para los intereses de esta insigne comunidad.
Como marca la tradición entregar regalos a los seres queridos les hago ofrenda de un pequeño detalle en vídeo que he encontrado navegando por la infausta red:



Se que ustedes hubieran preferido un solemne escrito sobre la ontología de lo auténtico o un In Memoriam de algún relevante personaje de la historia. Me disculpo de antemano pero les invito al esparcimiento sano recordando e imaginando la gloría de nuestra nación.

Saludos hieráticos

jueves, 28 de agosto de 2008

Llueven perros y gatos


“Llueven perros y gatos”, la traducción literal de un proverbio germano para referirse a la lluvia abundante y una de las escasas oraciones pronunciadas, incesantemente, por el compañero alemán apodado bambolotto (muñeca, por su cara esférica y rojiza, una polichinela de dos metros y cien quilos) en castellano. Han llovido perros y gatos en el viaje, dentro y fuera, otra nekía (recogiendo el sentido homérico y jungiano de descenso), una marisma gateada con rodillas huesudas. Pero en lo siguiente trataré de referirme sólo al aspecto sórdido y absurdo de México y cerraré las experiencias seudo-místicas y meta-petulantes en el cajón, luego me introduciré la llave con cuidado por el conducto excretor, que también ha defecado perros y gatos, y me olvidaré durante un tiempo de todo aquello que no debe resonar en la homogénea bóveda de lo rutinario y habitual, ya sea en forma de promesas edénicas de otra vida posible donde los instantes se viven, o como figuración de los miedos y carencias personales. El yin y el yan polarizados para que se dé la sublimidad, como apunta el camarada de vituperio don Rémora, suplantando la unión oriental por la antinomia occidental más descarnada, la experiencia existencial encumbrada en la separación, el Velo de Maya rasgado por la oposición de lo etéreo y la barbarie, repelidas, cargadas con el mismo signo. La alianza en la disociación. Para llegar a la verdad proveída por el dios de la intempestividad deben conjugarse en la desunión los picos más elevados e infames de la condición humana. Retozar con las musas y despeñarse en un lodazal. Algo así he podido experimentar, mis temores y vilezas, mis virtudes y bravuras exaltadas. Pero dejemos la filosofía barata para nuestras sesiones ignominiosas en cualquier bar infecto de la ciudad condal. A continuación les presento un interesante reportaje de bizarrías (palabra a la que adheriremos el sentido anglosajón de bizarre) insólitas, estrafalarias y mexicanas, ilustrado con magníficas fotografías tomadas, en muchos casos, no lo duden, jugándome el pellejo.


Algunos pensaréis que no hay nada más aberrante que don Barclay de Tolly haciendo el solidario por los mundos del Señor, jugando al altruismo y mostrando su cinismo más mugriento al tomarse fotos con la única finalidad de hacerse pasar por un chaval afectivo y tierno. Pero créanme de nuevo, se hallan realidades que estremecerían más que una colaboración de Lluís Llach con Ortodoxia. Así pues, en primer lugar quiero mostrarles el nazijipismo de moda en Centroamérica. Cómo el mundo del mercadillo perroflautil en versión chicana ha absorbido la esvástica hasta poder exponerla con total impunidad en un bolso rastas al lado de otro ídolo de la ultraderecha, Kurt Kobain, es un enigma que en sólo un mes no pude desvelar.



Únicamente poseo ésta foto, no quería levantar sospechas y que pensara que formo parte del Mossad en una cruzada erigida para borrar tal símbolo de la faz de la Tierra, pero el popular emblema del Reich asomaba de vez en cuando en camisetas de hombrecillos oscuros de metro y medio, en la luneta trasera de coches destartalados o en brazaletes de góticos waxikeis (algo todavía más sórdido). Realmente no sé qué significado ha adquirido toda esta parafernalia en Latinoamérica, pero me pareció una contradictio in terminis digna de ser expuesta en nuestro blog. De cualquier modo, me resulta imposible proyectar mentalmente la imagen de un chicano bajito y bigotudo vestido de Hauptsturmführer de las SS, o un enjambre de siniestrillos del DF a modo de Totenkopfverband. Yo sigo creyendo que estos uniformes, insignias y demás alhajas son deudoras de la estética romántica, y quedarían bonitas en alguien como Schiller que, por lo visto, dejó el pathos en Weimar y se tomó unas vacaciones en San Cristóbal de las Casas hacia el 1803, antes de palmarla del susto. Allí, abandonando la vida académica y la fatiga mental que le ocasionaban los entresijos dialécticos y las elucidaciones divagativas, abrió una peluquería que no tuvo mucho éxito pese al esmero dedicado en su decoración, inspirada en die tragische Kunst.

Y es que el romanticismo no goza de buena salud en Nueva España, así advierte a los jóvenes enamorados el siguiente cartel municipal.

Supongo que sin amor puede fornicarse a plena luz del día, vaya, cómanme el rabo, pelo en el escroto y aledaños. Loes en el pecroto. Exudar bigotes y embuchar frijoles desdentados. Bailar el Guajalote en un bautizo con Asmodeo lamiéndote el intestino. Exorcizar los demonios con la torpeza del esperpento. No decía Valle Inclán aquello del espejo convexo, o era cóncavo, qué sé yo. Pero México podría ser un reflejo abombado y desfigurado de la verosimilitud aceptada por nuestra lucidez, dónde las facciones delicadas de una bella dama se reflejan abolladas en una realidad discrepante, perfilando rostros de Sloth y señoritas Salcedo que poseen menos hermosura y más visceralidad. En esa realidad abrupta, separada de nosotros por un acceso al ser desusado más que por el Atlántico y el progreso, el ser se manifiesta pese a los inusuales métodos, desde aquí apreciados necios y mentecatos, de socavar en las profundidades de lo trascendente. Su Dasein, el dasein del pueblo mexicano y de la humanidad, se revela contra él mismo para ser simplemente Sein, sin el ahí o acá o pallá. Con manifestaciones como la siguiente son en ninguna y todas partes, lidian con la metafísica y la superan, conquistando un hueco en el espacio etéreo de lo transhumano:

La religión, si es que aún podemos utilizar tal nombre, si acaso expresiones como la mostrada no superan este vocablo inflado y prostituido durante siglos, esta mentira que se desvela como un sileno invertido ante manifestaciones de cristalina pureza como la anteriormente expuesta. La religión, palabra muerta, escasa, pobre, hambrienta, irrisoria y ridícula para explicar la “fe bigotuda” (cómo letrasado de primer orden he decidido dejar de adorar falsos ídolos y destilar mi alma para abrazar la fe bigotuda). La religión, un cerro ante el escarpado macizo de la verdad enchilada. La basílica de Guadalupe nueva sede de la cristiandad. San Juan Chamula expulsando a protestantes, no el pueblo, la propia tierra contra la herejía. Punición a la falsedad. Cristo indígena, un metarelato en una metabíblia que no es más que la integridad y rectitud sórdida de la fe bigotuda. Porque la verdad tan sólo puede aparecer bajo el manto macilento del absurdo, no se presentará con gran pompa ante la estulticia abaratada del occidental. Ellos lo saben, lo intuyen, no racionalmente, llevan la luz en un bolsillo agujereado, no la agarran, se escapa su significado y aprehenden el referente no el signo que refiere, lo aprehenden como un todo, cómo nosotros asumimos el latir de nuestros corazones, sin preguntas vacilantes. En la fe bigotuda se halla el destino de Dios en la Tierra, pero quienes la poseen no se percatan, no tienen los medios para adivinar la prodigiosa potencia que ostentan y, quizá, es aquí donde radica el derecho a poseerla. La zarza ardiente era un cactus expeliendo mezcal. Me fumo un Delicados. Bolaño lo sabe y no lo soporta. Prefiere ser mortal en Occidente que un inmortal bigotudo errando por el desierto. Bajas un poco y la mixteca es más verde. Los Elegantes saben peor. Un gusano con sombrero y mole en las orejas y el comandante Marcos bajo las aguas subterráneas de Palenque esperando el momento. Esperento el momando. Copiar mal a Cortázar te hace sentir un poco su juego. El juego del Momento. Pero la fe bigotuda no sólo se ampara en la pía abnegación, también hace negocio aprovechándose del turista que cree sentirse cercano a ella al consumir sus detritos.


Se me acaba la saliva y no os merecéis más, perros enrabados, enrabanados. La expresión de Grandeza merecedora de yacer en el mismo lecho junto a Moctezuma y Cuauhtémoc mientras Cortés espía toqueteándose por la mirilla, se descubre en el siguiente ejemplar, elemento decorativo en el salón de una casa oaxaqueña. Dudo que en un espacio tan reducido pueda desvelarse más Intempestividad. Sé que no es un ente propio del México disparatado, pero qué más da, es el corolario al testimonio de quienes saben lo indecible.


Con la esperanza de que mis camaradas devengan hermanos al abrazar la fe bigotuda, se despide un aprendiz del bizarrismo tascendental. Os saluda con amor y besos de estropajo, don Barclay de Tolly.

lunes, 21 de enero de 2008

Aristocracia y belleza

Estudiando el concepto de lo sublime concebido por Edmund Burke y aplicado conspicuamente por el maestro E. A. Poe me he topado de bruces, desprevenido en mi erudición indiferente, con la siguiente cavilación, osada y bravucona: "No tenemos aristocracia de sangre, y habiendo, por lo tanto -cosa natural e inevitable- fabricado para nuestro uso particular una aristocracia de dólares, la ostentación de la riqueza ha tenido que ocupar aquí el puesto y llenar las funciones del lujo nobiliario en los países monárquicos. Por una transición, fácil de comprender e igualmente fácil de prever, nos hemos visto conducidos a ahogar en la mera ostentación todas las nociones de buen gusto que pudiéramos poseer." Dicho pensamiento proferido por el eminente narrador romántico me ha sumido en un breve y virulento lapso en el que imprecisas reflexiones (algunas burdas, otras obvias y unas pocas relevantes) afloraban despiadadamente en mi cabeza, ya de por sí aturdida. El embeleso meditabundo se ha prolongado el tiempo pertinente para poder hilvanar con cierta coherencia algunos aspectos y consideraciones acerca de la estrecha relación mantenida entre arte y aristocracia, mostrada esta última como condición sine qua non de belleza. Y es que Poe creía férreamente en la aristocracia de sangre como única posibilidad, único y legítimo vínculo del hombre con lo bello del mismo modo en que, ulteriormente, el nacionalsocialismo la reivindicaría como condición de mística, de unión hombre-tierra, de trascendencia: "Sólo un líder carismático da legitimidad a una aristocracia de la sangre; y sólo si hay líder y aristocracia verdadera es lícito unir sangre y suelo. De aquí surge el "derecho hiperbóreo de conquista", que no se basa en la fuerza física sino en la pureza de sangre, en el derecho espiritual a reinar sobre pueblos degradados y sin Mística, quienes han perdido toda autoridad sobre el territorio que ocupan. Sin líder, sin Mística, sin aristocracia, el suelo no significa nada, es decir, nada espiritual, nada que apunte a la liberación material del Espíritu; en cambio sin estas condiciones el suelo significa mucho para el pasú, porque asociado masivamente, republicanamente, democráticamente, puede cumplir mejor el objetivo de su finalidad. Un ejemplo de todo esto nos lo ha brindado recientemente el Führer, cuando legitimó carismáticamente a la única aristocracia de sangre del siglo XX, es decir, a la SS, cuyos miembros, de haber contado con el tiempo suficiente, habrían otorgado un sentido trascendente a la relación del hombre con el suelo basado en un auténtico racismo hiperbóreo: espiritual, y no meramente biologicista."(Fundamentos de la Sabiduría Hiperbórea I¿¿??)


Quede de antemano elucidado que no me posiciono ni juzgo las palabras musitadas por Poe ni su relación lógica con ciertos preceptos nacionalsocialistas. El presente escrito es una mera reflexión intelectual, distante y fría; un ejercicio gimnástico-mental provocado por un capricho de mi mente despreocupada y con tendencia a evadirse. Tampoco quiero que se entienda como síntoma de debilidad, falta de agallas por defender ideas rancias y trasnochadas que tanto gusta exaltar por estos lares y que tan gratamente esgrimo en mis achaques intempestivos. Pretendía exhibir concisas pinceladas, mas, inexorablemente, debido a la vanidad inconsciente que me aduce a dar a lo expuesto una coherencia innecesaria y una forma florida, siempre acabo extendiéndome en demasía.


Zurcidos diseminados sobre belleza y aristocracia

En tiempos en los que la muerte del arte se contempla con flemática perspectiva, en tiempos en los que la música es opaca, la poesía ronca, cuando la pintura se torna en mercancía servil y su valor parece residir en la especulación mercantil que de ella se hace; cuando apenas se entrevé un horizonte al que acudir, cuando el arte se desdibuja y no se considera, cuando el vacío nos chilla y nos chirría la turbación, parece ser el momento propicio para mirar atrás. La esquizofrenia cultural y el nihilismo artístico permiten retomar la eterna pregunta sobre qué es la belleza, cual es su objeto, su manifestación, sobre que versa, a que se refiere, o incluso, si realmente es y significa algo. Cuando la tradición parece diluirse y el respeto por la herencia es objeto de mofa y chanza, se presenta ineludible dirigir la mirada hacia el pasado y su legado, prestar atención a las primeras disquisiciones estéticas sobre la naturaleza de nociones como lo bello y lo sublime, nociones que, hueras a día de hoy, colmaban vigorosas el sentido del arte del momento, otorgándole un ámbito en el que discurrir. Poe entrevió la belleza, supo provocar lo sublime y advirtió su salvaguarda en la aristocracia de sangre, su preservación en el derecho conferido por la tradición. Sin embargo, hoy en día la convulsiva democracia ha acarreado un arte democrático, una belleza democrática: ha diluido la potencia de lo sublime y la ha arrojado a los cerdos. La libertad ilustrada y la caída estulta en el relativismo conllevan igualmente un arte descontextualizado en el que su único ámbito es la nada. Es algo que sabemos sobradamente, el proselitismo del “todo vale” que mata despiadadamente a la fe, al patriotismo y demás valores, aniquila igualmente a la belleza, sujeta y conferida por la herencia, por el mimo delicado con el que la raigambre se encargaba de inmortalizarla. Pero la belleza ya no remite a una cosmovisión, el arte ya no significa o, más bien dicho, como apunta Adorno, significa la naedad. La belleza queda huérfana y lo que es aún peor, en manos del populacho, de la frivolidad y del antojo de lo plebeyo. No me extenderé más, pues la muerte del arte es un tema largamente abordado y discutido, del que como todo, todo el mundo opina y especula.


Lo cierto es que vislumbramos lo bello a partir de antiguas estructuras que se diluyen irremediablemente en los aciagos tiempos en que vivimos. La belleza permanece en la medida en que quedan resquicios de dignidad, reaccionarios baluartes que se niegan a aceptar un presente desvinculado y desvinculante. La capacidad de aprehensión de lo sublime viene conferida por mohosos valores vilipendiados: sin trascendencia, sin Ser, somos ciegos ante lo excelso. Esta trascendencia era transmitida antiguamente por la herencia sanguínea del poder, la cual suponía la herencia de un pasado que legitimaba al presente, la continuidad de un marco más o menos cambiante en cuyo interior residían las creencias, deberes y valores de un pueblo, esto es, en cuyo interior se hallaba el lazo y la unión del hombre con su entorno, en cuyo interior podíamos elevar nuestras almas ante la contemplación de lo sublime. Y es que la belleza debe estar enmarcada para ser desvelada, debe remitir a estructuras aprehendidas, adquiridas de nuestros ancestros, conocimientos apriorísticos insertados en el subconsciente del pueblo, una cosmovisión heredada. Hoy esta herencia agoniza indefectible, el progreso se encarga de liberar al hombre de antiguos prejuicios, supersticiones y creencias, de liberarse del bagaje que nos da sentido. Asimismo la belleza se erige sobre lo eterno, sobre lo supranatural, sobre el infinito ciclópeo, sobre la solemne bóveda estrellada, sobre aquello que nos excede, sobre Dios. Sin la idea de trascendencia y eternidad lo sublime queda desdibujado, vago, indefinido: ya no eleva las almas, pues no hay cielo al que orientarse.



Poe observó como la pérdida de prosapia desembocaba en una grotesca mueca. Como la disolución del linaje (entendido en un sentido lato) y de las estructuras encargadas de perpetuar la tradición se disipaban en dolosos ideales de progreso. Como la sangre se evaporaba en promesas de humo. Poe advirtió como la desarticulación del pasado (o su falta, en el caso norteamericano) no era más que la luxación del propio ser humano, la expropiación de su vehemencia.


De lo expuesto no se deriva que el arte y la belleza sean patrimonio exclusivo de una elite, pues el pueblo llano ha sido portador de manifestaciones sublimes, portavoz de lo bello y porteador de la tradición; mas un pueblo significado, vinculado, contextualizado por una herencia ejemplificada preclaramente en la aristocracia de sangre. La música celta, sefardita, árabe... muestran la expresión de un colectivo representado, la afirmación de valores adquiridos de antaño, la ubicación de la belleza en algún lugar. Pero hoy en día el pueblo está desmembrado y disgregado. No hay pueblo en sí mismo sino individuos uniformes, sin nacionalidad, raza y cultura: todos iguales e igualmente desvinculados, sin patrimonio. Tal vez hoy más que nunca podamos exclamar el pantoporos aporos. Tal vez hoy más que nunca debamos desear el retorno de un dios que nos permita amar. Tal vez hoy más que nunca debamos agradecer a los antiguos regimenes oscuros, totalitarios, fascistas y opresores el que todavía conservemos parte de su legado, parte de los prejuicios marchitos gracias a los cuales aún unos pocos se embriagan ante lo sublime; gracias a los cuales todavía podemos afirmar que hay hombres.

(Varios temas, especialmente aquellos estrictamente estéticos, se me quedan en el tintero, pero mejor ahorrarlos para otra ocasión. Finalmente el tono ha pecado de un ligero barniz apologético, pero que le vamos a hacer, el furor heroico del intempestivo no contempla medias tintas. Saludos enraizados camaradas)